El agudín de Ruin

Ilustración: Carolina de Mur

Dicen que no hace muchos años había en el pueblo una casa muy muy pobre. Y era tan pobre y su gente tan pobre y delgada, y vivían tan mal, que ¡no tenía ni nombre la casa! pero todos le decían “casa Ruin”.

Tuvieron 3 niños, y los pequeños se tuvieron que criar solos. A la madre, que murió durante el parto, antes de morir le dio tiempo de mirarse a los ojos del niño pequeño y decirle: “tu, hijo pareces es más agudo de los tres cuando lo vean todos, y si saben hacerte caso, quitaras la casa de la pobreza”. Y le pusieron Benjamín.

Así que quedaba su padre, pero este hombre siempre estaba enfermo y lleno de males. Tenía “la enfermedad de los libianos” que es como dicen que le decían al asma. La mitad de los días no podía ni tenerse de pie y no podía hacer otra cosa que estar tumbado en una especie de cama, porque ni una buena cama tenía. Se acostaba en una cama hecha con un somier enrobinado y ahuecado con ramas de pino. El caso es que su padre no les podía dar nada para quitarles el hambre, y los tres chicos se dedicaban a buscársela como podían.

Casi siempre era el grande quien decía donde ir y que hacer ese día para encontrar algo que comer, pero lo que más hacían era ir por las calles del pueblo a ver que encontraban. Había algunas veces que acudían a alguna casa a recoger los desperdicios antes de que se los dieran a los cerdos o los tiraran al estiércol y así comérselo ellos. Eso sí habían estado bien educados por sus padres en las costumbres, tenían modos y por eso eran buena gente y se hacían querer, nunca robaban a ninguno ni cogían cosas de otros sin pedir permiso primero, es decir que no cogían nada que no se la hubieran dado.

Del hijo más pequeño se reían los otros dos, y el que mas el mayor, que siempre se le hacía la burla. El grande era un charlatán y el del medio un poco parlanchín también. Pero el pequeño Benjamín hablaba poco, siempre pensaba mucho lo que tenía que decir y después, si le parecía, abría la boca. Pensaba que, con el hambre que pasaban, más valía abrirla para alimentarla que para hablar tonterías. Él oía a los otros dos pero callaba y por eso le decían “Benjamín el fatolín”.

Iban pasando los años y Benjamín, ya mozo, estaba arto de trabajar más que ninguno para encontrar comida y, además, era el único que se acordaba de coger algo para su padre enfermo.

Un día volvieron a casa los tres, pero los dos grandes con las manos en los bolsillos; nadie más que Benjamín que traía algo para comer. Había podido conseguir cinco trozos de pan. Se comieron uno cada uno y otro para su padre, y aun sobro un buen corrusco. Así que el mayor pensó una cosa: guardarlo para el día siguiente y se lo comería quien tuviera el sueño de más trabajo, el más fatigado.

Al amanecer se despertaron los tres. Y dice el mayor:

–“El corrusco ha de ser para mi porque estoy destrozado del todo; he soñado que subía al purgatorio y que para salir tenía que encontrar la llave, así que no he hecho más que buscar durante todo el sueño”.

–“No, no, el trozo de pan es para mi -dice el segundo- Estoy  despedazado, he soñado que venía el diablo a buscarme del infierno para llevarme y, claro, me he escondido por todo, corriendo de sus garras, menudo horror!.

Por cierto, “¿donde esta el corrusco?”. –Pues yo –dice Benjamín- he soñado que como os ibais uno al purgatorio y otro al infierno, ya no volvías…y me he comido el pan”.

Después de este caso, volvieron a salir a ver que encontraban por esas calles y, por la tarde, se volvieron a juntar los tres en casa. Nada más Benjamín vino con alguna cosa. Traía dos huevos duros que le habían dado; uno es para papa (que el pobre no tiene fuerzas ni para dar las gracias) y el otro…el otro, dice el hijo mediano: “se lo comerá quien le encuentre al huevo la parte más bonita y de más agudeza”.

Coge el huevo el mayor, lo golpea por arriba un poco para hacerle un agujero en la cascara y dice: -“Tu eres casca cascorum de coco cocorum, primero te agujerum y después te me comum”.

Lo coge el mediano, y haciendo el augero más grande y, como si le pusiera sal con los dedos, dice: -“Sal, sale sapienzia, para mi será esta pieza”.

Así, que al final lo coge Benjamín, acaba de sacarle la cáscara al huevo y dice: -“Coco del gallinero sin cascorum y saladet, consumatus est”. Y se lo comió de un mueso.

Dicen que no se le harían la burla más, y desde entonces ya no le dirían nunca  fatolín. Y en el pueblo, cuando hablaban de él se referían a otro que había tenido alguna salida bien pensada, y decían “agudín, agudín como Benjamín de Ruin”.

Cuentan también que luego se hizo respetar por todos y cuando algún hombre o mujer tenía cualquier problema corrían sin pensarlo a preguntárselo; siempre encontraba una solución aunque fuera grande el problema. Y si dos vecinos discutían por alguna cosa del ganado, él dialogando bien, intentaba arreglarlo. Por eso gracias a su astucia, libro a su casa de la pobreza y a los otros dos hermanos de Ruin de pasar más hambre.

Ya de joven, las noticias del buen hacer de Benjamín en el valle de Chistau llegaron a oídas del rey. El rey lo mando subir a buscar y se fue a la corte de España. Allí el rey lo tubo como consejero y no había ningún día que el rey no lo quisiera ver para pedirle algún consejo.

Cuando murió este rey, dicen que Benjamín estuvo por esos mundos haciendo el bien   por todos los sitios por donde pasaba. Y cuando era un abuelo y vio venir la viejera, volvió aquí, a su pueblo.

Su casa estaba casi destruida, pero a el le dio igual, todos los dineros que había ganado y ahorrado los repartió a la gente más pobre del pueblo, porque decía que no se quería llevar nada al agujero, pues en el otro mundo no lo necesitaría. Según decía, “el tesoro más grande se guarda en la cabeza y no en el bolsillo”.

Cuando ya casi no podía ni alentar, le preguntaron porque quería morir así después de haberlo tenido todo, y decía que el sentido de la felicidad era el saber girar la rueda de la vida y el secreto lo resumía en tres: nacer en casa sencilla para aprender de niño a sacarse el hambre y crecer con los ojos bien abiertos, vivir la juventud con astucia y morir sin enemigos y desnudos del todo como vinimos al mundo.

Así es como Benjamín tubo una muerte sana después de una vida gloriosa y feliz. Y por eso aun se  acuerda la gente de aquel niño delgado, agudo y despierto: l’agudín de Ruin.

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